La tradición de las tarjetas de San Valentín

Después de Navidad, no existe un día festivo con mayor asociación al uso de tarjetas que el Día de San Valentín.

El primer poema de San Valentín

La misiva más antigua que aún existe es de origen francés y fue escrita por el Duque Carlos de Orleans mientras se encontraba prisionero en la Torre de Londres tras ser capturado por los ingleses en la batalla de Azincourt en 1415, durante la Guerra de los Cien Años. Esta carta forma parte de la colección de manuscritos de la Biblioteca Británica de Londres. El Duque de Orleans se la escribió a su esposa Bonne de Armagnac, y este poema de amor refiere a Valentín como un término cariñoso hacia ella: 

Je suis desja d’amour tanné,
Ma tres doulce Valentinée,
Car pour moi fustes trop tart née,
Et moy pour vous fus trop tost né. 

Ya estoy cansado del amor,
Mi muy gentil Valentín,
Ya que para mí, tu has nacido muy tarde,
Y yo para ti he nacido muy temprano.

Lamentablemente, ella murió entre 1430 y 1435, y nunca recibió el bello poema. El duque no fue liberado sino hasta 1440 tras 25 años de encarcelamiento, por lo que nunca volvieron a verse. A lo largo de este tiempo, redactó para su esposa 60 poemas de amor. 

La tarjeta más antigua 

En el siglo XVIII surge lo que hoy se considera como el inicio de la tradición de entregar tarjetas de San Valentín. El museo del Castillo de York cuenta en su colección con la tarjeta que se cree es la más antigua tarjeta de San Valentín impresa. Pintada a mano, esta tarjeta que data de 1797 tiene intricados diseños florales, cupidos, palomas y un efecto de encaje creado por la perforación del papel. El siguiente verso rodea el patrón floral: 

Since on this ever Happy day,
All Nature's full of Love and Play.
Yet harmless still if my design,
'Tis but to be your Valentine.

 

En este día siempre feliz, 
la naturaleza está llena de amor y juego. 
Sin embargo inofensivo, 
si mi diseño no es más que ser tu Valentín.

El surgimiento de una tradición 

Al igual que muchas otras tradiciones modernas, las tarjetas de celebración del Día de San Valentín consiguieron su popularidad durante la época Victoriana en Inglaterra. El costo de impresión cada vez más bajo permitió la producción masiva; la introducción del sistema postal penny post con el que se podía enviar correspondencia de manera económica, rápida y segura en Inglaterra e Irlanda  hicieron que para el año de 1835 se enviaran cerca de 60,000 tarjetas por el sistema postal inglés. Cinco años después, este número alcanzó las 400,000 tarjetas con motivo del Día de San Valentín!

Esta llegada de la impresión y el servicio postal más accesibles no sólo incrementó el número de tarjetas enviadas cada año, sino que también modificaron el espiritu romántico de las misivas. De tal suerte que surgen las tarjetas llamadas Vinegar Valentines, cuyos diseños y connotaciones se vuelven de caracter político, humorista, insultante e incluso racista. Este tipo de tarjetas de San Valentín no estaba pensado para el halago, pudiéndose comparar al moderno tuit de odio. Estas tarjetas avinagradas tenían el propósito de insultar las características físicas, el status marital, la profesión o cualquier otro rasgo del destinatario. Por ejemplo, una tarjeta que incluyó el Museo del Castillo de York en una exhibición hace algunos años está redactada con comentarios sarcásticos, ¡e incluye un bigote hecho con cabello facial auténtico! El museo la declaró la peor tarjeta de San Valentín de todos los tiempos.

 
 

Sin embargo la época victoriana es conocida por su estética elegante y florida. El encaje, el papel picado y las imágenes a todo color son las bellas insignias características de esta época.

Es común suponer que al día de hoy esta práctica esta decayendo, culpándo particularmente a los millenials, las tarjetas electrónicas y las fotos románticas en Instagram. Sin embargo las cifras indican lo contrario. Se estima que en este año se envíen más de 150 millones de tarjetas físicas de San Valentín sólo en Estados Unidos, siendo los millenials quienes conforman el 20% del mercado y cuyo gasto está creciendo a mayor ritmo que cualquier otro segmento generacional. Además, curiosamente, están creando todo un movimiento de bricolaje, si no las están comprando las están creando. 

 

Tiene sentido que el Internet haya fallado. En un mundo en el que se estan desmaterializando nuestras interacciones, una tarjeta representa una experiencia tangible, algo que podemos seleccionar, personalizar y guardar. 

 

   

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